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Mostrando las entradas etiquetadas como El tintero de oro

Un mundo de luz

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  Imagen creada con Copilot Se despertó de madrugada, confundiendo los gritos de la profesora que le avergonzaba delante de todos sus compañeros por haber errado en sus cálculos en la pizarra con los lamentos de su madre en la habitación de al lado. Su padre había vuelto a golpearla, como venía siendo su costumbre desde que Julián tenía memoria. A sus nueve años, comprendía perfectamente el dolor de su madre, pero sabía que lo mejor que podía hacer era no entrometerse en la relación tan tóxica que mantenía con su padre. Lo había hecho siendo muy pequeño, la primera vez que vio a su padre propinándole una bofetada, seguida de otros muchos golpes, sólo porque la sopa se había quedado fría, después de esperarle en la mesa durante un buen rato a que él se decidiera a sentarse a cenar. Julián tenía apenas dos años, pero no dudó en correr hacia su padre, ni tampoco en gritarle con su lengua de trapo: -   ¡No le pegues a mi madre! ¡Eres malo! El padre se giró hacia él, furios...

Dan "el Trompeta"

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Dan no era un pirata al uso, de esos que llevan un parche en un ojo, arrastran una pata de palo y empuñan un garfio en el muñón que les dejó una mano perdida. Tampoco apestaba a salitre ni a ron, sino que se gastaba una fortuna en perfume y en tinte de pelo. Quizá también en maquillaje. Pero sí era el pirata más temido allende los mares. Su corpulencia se hacía notar y temer en cualquier escenario. Siempre vestía elegantes trajes y vistosas corbatas, aunque se movía como un androide con reuma o como aquellas muñecas de Famosa cuando se dirigían al portal de Belén en aquellos anuncios de hace mil años. Imagen encontrada en Pixabay Dan no se manejaba con afilados sables ni con imponentes trabucos. De hecho, ni siquiera había hecho el servicio militar, el muy patriota. Pero tenía la sorprendente habilidad de apuntar a matar con su incontrolable verborrea y siempre acababa haciendo diana y destronando a quien tuviese la osadía de cruzarse en su camino. Su mirada traviesa y sus golpes de...

El carro de Marina

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  A Marina le tocó empujar un carro al que siempre le faltó una rueda. Su madre murió muy joven y ella tuvo que hacerse cargo de su padre y de sus hermanos pequeños, siendo casi tan niña como ellos. Sacó coraje de donde no sabía que lo guardaba y logró sacar adelante a su familia, formando tiempo después la suya propia al lado de Manuel. Emigraron todos a Cataluña y Manuel encontró trabajo en una mina de carbón, en la que perdería la vida poco después. Marina tenía tres hijos pequeños que, unidos a sus hermanos y a su padre, suponían una responsabilidad descomunal sobre los hombros de un cuerpo tan pequeño como el suyo. Lejos de derrumbarse, se dejó los ojos cosiendo a todas horas para llegar a todo. Años después llegaron nietos y bisnietos, y la vida le asestó una puñalada por la espalda al arrancarle a su hijo mayor por un maldito cáncer. Pero siguió adelante, subiendo y bajando cada día los cinco pisos que separaban su vivienda de la calle, hasta que los vecinos decidieron pone...

Dinero fácil

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  Carlos había salido de casa con el tiempo justo y le tocaba apretar el paso si quería llegar puntual a su trabajo. En los últimos días sentía que le costaba más de lo habitual despegarse de las sábanas y había llegado tarde en dos ocasiones. Trabajaba vendiendo bicicletas y su jefe no le había dicho nada la primera vez, pero la segunda le lanzó una advertencia. Su contrato finalizaba en quince días y, si seguía llegando tarde, no se lo prorrogaría. Aunque no le apasionara, aquel trabajo le permitía salir adelante. Temía perderlo y por eso caminaba sin ser consciente de otra cosa que no fuese su propia prisa. No advirtió que una chica le saludaba. Ella, que debía ser de las que no soportan que las ignoren, se le plantó delante y casi choca con él. Sólo entonces la vio. Desde que habían acabado el instituto no se había vuelto a cruzar con ella. Claudia se había ido a Londres, para trabajar como aupair, mientras Carlos siguió estudiando y se había graduado en ADE el año anterior. ...

Un mal augurio

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  El alba aún no había despuntado en el horizonte cuando Pep entró en la taberna del puerto. Su desgastado impermeable y su capucha le habían resguardado de la intensa lluvia y las piedras que alojaba en sus bolsillos le habían permitido mantenerse en pie. Aquella noche no había querido salir a pescar, pero tampoco había podido dormir, pensando en la suerte que habrían corrido sus compañeros. Cuando salieron del puerto el mar estaba en calma, pero a Pep no le convenció el color del cielo. Trató de alertar a los demás, pero se rieron de sus miedos. Las señales que advirtió en el ambiente le recordaron demasiado a las de otra noche de muchos años atrás, cuando siendo apenas un crío acompañó a su padre hasta su barca. Nunca regresó ni tampoco encontraron su cuerpo. Fotografía de un pescador de L'Escala realizada por Josep Esquirol (1874-1931) Cincuenta años después, sentado junto a la ventana, Pep fumaba su pipa en silencio. El humo acariciaba las arrugas de un rostro ceniciento que...

Mi camino no es de pan

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  Nada más acostarse, Amanda supo que aquella noche no iba a pegar ojo. La decisión estaba tomada y sentía que ya no había vuelta atrás, pero aún le costaba convencerse a sí misma de que lo que se disponía a hacer era lo correcto. Se había criado a la sombra del ejemplo que trataba de inculcarle su madre, una mujer abnegada que llevaba toda la vida sacrificándose por los demás y desoyendo las súplicas de sus propias necesidades. La madre de Amanda era la mayor de varios hermanos y nunca se había atrevido a contrariar a su propio padre, un hombre autoritario y profundamente machista para quien el único cometido de una mujer era servir primero al padre, después al marido y por último a sus hijos y nietos. Amanda se miraba de reojo en el espejo de su madre y se horrorizaba al ver la imagen que aparecía. Ella también era la mayor de tres hermanos y la única mujer. Por su condición siempre le tocaba a ella apechugar con las tareas domésticas que la madre le encomendaba, mientras que s...

Magia en la red

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Los días de vino y rosas se habían consumido y las noches de fuegos artificiales dormían una resaca de la que despertaban cada día en un lecho de pétalos secos. David y Elena se querían, pero se habían rendido a las imposiciones de la costumbre. El tiempo había obrado inevitables cambios en los dos. Sentían cosas nuevas, pero ambos se resistían a dejar de ser los que habían sido. El deseo se enfrió y emergió la decepción mutua. Compartían espacios, pero sin compartirse ellos. Cada uno frente a la pantalla de su móvil, pasando las horas muertas con sus respectivos contactos en redes sociales. Un día Elena se creó un perfil falso en Instagram y no tardó en conseguir seguidores. Su avatar era de lo más sugerente y las fotos que publicaba, aunque nunca aparecía en ellas, eran paisajes con frases de su autoría que conseguían alegrarle el día a cualquiera. Poco después recibió un mensaje de un chico llamado Nick y empezó a seguirle. El tampoco mostraba su rostro y los posts que publicaba e...

Desaparecido en Babia

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  Ernesto iba de camino a casa por el paseo marítimo, igual que había hecho cada día de los últimos quince años, los mismos que llevaba trabajando como administrativo en una empresa de servicios. A diferencia de otros días, aquel viernes se sentía especialmente cansado. Su marcha era lenta y, más que caminar, lo que hacía era arrastrar los pies. No tenía ganas de llegar a casa para vivir otro dejà vu : su mujer discutiendo con los dos hijos que tenían en común, las prisas para llegar al supermercado antes del cierre, la maratón de lavadoras y limpieza general de los sábados por la mañana o la desquiciante comida de todos los domingos con los suegros. Empezaba a estar harto de la vida tan insustancial que llevaba y sabía que tenía que hacer algo, pero siempre postergaba la decisión por miedo a las consecuencias que sus palabras pudiesen desencadenar en su mujer, que era quien siempre había llevado las riendas de todo. Imagen de escultura dedicada a Franz Kafka encontrada en Pixabay ...

Marilyn

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  La despertó el tono de su móvil y, al incorporarse en la cama, descubrió que su marido no estaba con ella. -  Buenos días, ¿es usted la esposa de Francisco Miralles? -  Sí, soy yo, pero, ¿qué le ha pasado? -  Su marido está en urgencias porque ha sufrido una agresión, pero no reviste gravedad. Al llegar al hospital, la auxiliar que la atendió en la recepción le indicó que dos policías de paisano la estaban esperando en la cafetería. Los agentes le hicieron varias preguntas sobre su marido y enseguida le permitieron verle. Guiada por el médico que atendía a Francisco, llegó al box en el que estaba tumbada una mujer rubia, exageradamente maquillada, que se había negado a que le quitasen el vestido rojo que llevaba. -   Tiene que haber un error. Yo no conozco de nada a esta mujer. ¿Dónde está mi marido? -  Esta mujer es su marido. - ¿Cómo dice? ¡Usted está loco ! El médico se acercó a Francisco y le quitó la peluca. Francisco se defendió: - ...

Sueños amarillos

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  Gustavo siempre vestía de azul. Tenía varios trajes, pero todos en diferentes tonalidades de ese color. Sus camisas también eran azules, como su ropa interior e incluso sus zapatos. Su puesto de responsable de recursos humanos le obligaba a mantenerse siempre alerta ante cualquier posible adversidad que pudiese hacer tambalear todo su trabajo. Desde niño siempre se había exigido muchísimo a sí mismo. Se marcaba unas pautas y se obligaba a cumplirlas. Aspiraba a la perfección en todo lo que emprendía y, cuando no alcanzaba sus objetivos, por muchos elogios que recibiese a su alrededor, se indignaba. Cuando se abandonaba al sueño cada noche su cerebro le esperaba como agua de mayo para vengarse de él por no dignarse a darle ni un respiro de aire fresco durante todo el día. Entonces se sucedían antes sus ojos cerrados multitud de imágenes bajo una potente luz amarilla: campos de girasoles, puestas de sol idílicas, palmeras cargadas de plátanos, cientos de canarios revoloteando y pi...

La aprendiz de bruja

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  Sobre la roca saliente que coronaba la cima de la montaña, los ojos de Martina se asomaban al abismo sin pestañear. Allí arriba el tiempo se detenía y todo cobraba otro sentido. Cualquier cosa podía pasar, incluso una bruja volando en su escoba. Al verla rasgando la quietud del cielo, Martina no se movió, porque por un momento, creyó estar soñando. Pero, cuando la bruja aterrizó detrás de ella y le habló, se sintió más despierta de lo que lo había estado en sus doce años de vida. Imagen encontrada en Pixabay - Bonita vista, ¿verdad? - Desde luego que sí. - Pero has tenido que madrugar mucho y subir hasta aquí. Puedo enseñarte a disfrutar el mismo resultado sin tanto esfuerzo. - Gracias, pero a mí me han enseñado que lo que no cuesta no tiene valor. - Ja, ja, ja! Criatura, ¿quién te ha metido esas ideas en la cabeza? - Mi padre. - Pues tu padre se equivoca. No tienes que sufrir para conseguir tus objetivos. Sé que eres especial y que te ves obligada a mentirle a todo el ...

Una nota de despedida

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  Imagen encontrada en Freepik Viéndote agonizar, siento que agonizo contigo, pero no me arrepiento en absoluto de lo que acabo de hacer. Juré que te mataría si volvía a descubrirte indagando en mi vida. Sé que mi existencia está irremediablemente unida a la tuya y que tu muerte está provocando la mía, pues sólo soy un personaje en una de las tramas que tú te has empeñado en narrar. ¿Quién eras tú para desembarazarme de mis tripas, sacando mis vergüenzas al aire y despojándome de mi dignidad? ¿Por qué te creías legitimado para decidir lo que tenía que sentir en cada situación y el modo cómo debía relacionarme con los otros personajes que conformaban la historia que tan desvergonzadamente estabas narrando en los últimos tiempos? Nunca soporté tu prepotencia, la forma tan altiva que tenías de observarme mientras en tu mente ibas perfilando mi esencia para dotar de vida ficticia al personaje que pretendías que encarnase. Me ideaste maquiavélico y no dejé de maquinar cómo librarme ...

Todo tiene un precio

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  Imagen encontrada en Pixabay Sus ojos distraídos se posaron sobre un objeto que brillaba tras el cristal del aparador de una tienda de antigüedades. Atraído por la curiosidad que le despertó, Daniel entró en la tienda y adquirió un tintero de oro. Tenía grabada una inscripción: "Pídeme un deseo y lo verás por escrito". No lo dudó y pidió hacerse rico. Cuando llegó a su casa, su portátil estaba encendido y en la pantalla encontró un documento abierto con trescientas páginas escritas. Componían la mejor novela que había leído jamás. Nunca quiso ser escritor, pero enseguida intuyó cómo sacarle partido a aquel tintero mágico: Vendería aquellas obras a escritores que hubiesen perdido la inspiración. No tardó en encontrarlos ni en embolsarse buenas sumas de dinero gracias a ellos. Pasado un tiempo, recibió un mensaje de una tal Oro Retnit. Nunca había oído hablar de ella, pero la suma que le ofreció por una novela era escandalosamente elevada. Aquella extraña mujer le dio la ...