Un mundo de luz
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Se despertó de madrugada, confundiendo los gritos de la profesora que le avergonzaba delante de todos sus compañeros por haber errado en sus cálculos en la pizarra con los lamentos de su madre en la habitación de al lado. Su padre había vuelto a golpearla, como venía siendo su costumbre desde que Julián tenía memoria.
A sus nueve años, comprendía perfectamente el dolor de su madre, pero sabía que lo mejor que podía hacer era no entrometerse en la relación tan tóxica que mantenía con su padre. Lo había hecho siendo muy pequeño, la primera vez que vio a su padre propinándole una bofetada, seguida de otros muchos golpes, sólo porque la sopa se había quedado fría, después de esperarle en la mesa durante un buen rato a que él se decidiera a sentarse a cenar.
Julián tenía apenas dos años, pero no dudó en correr hacia su padre, ni tampoco en gritarle con su lengua de trapo:
- ¡No le pegues a mi madre! ¡Eres malo!
El padre se giró hacia él, furioso, y empezó a golpearle hasta que, al verle inconsciente y sangrando por la nariz, se asustó y se echó a llorar. Le había propinado a su hijo tal paliza, que Julián acabó ingresado en el hospital con un brazo roto y contusiones por todo el cuerpo. La madre, cuando llegaron a urgencias, quiso encubrir al padre cuando le preguntaron lo que había pasado y les contó una historia rocambolesca en la que ella y su hijo se habían caído por las escaleras cuando bajaban de recoger la ropa tendida en la terraza comunitaria. El niño enredó su pie izquierdo con una sábana que colgaba del barreño, perdiendo el equilibrio en el escalón y arrastrándola a ella en la caída.
En los años setenta no se cuestionaban ese tipo de versiones que daban los padres para mantener sus vergüenzas a salvo de juicios ajenos en la intimidad de sus casas. Cuando Julián pudo abandonar el hospital, su padre intentó colmarle de atenciones para acallar su mala conciencia, y trató de comportarse como un marido ejemplar durante un tiempo, pero la fiera que llevaba dentro no tardó en rugir de nuevo y con más fuerza.
Julián no volvió a mirarle nunca más con la inocencia y la confianza con la que le había mirado hasta entonces y mantenía las distancias con él. Cuando le veía llegar del trabajo se metía en su habitación a jugar o a leer y no salía hasta que la madre le reclamaba para cenar. A medida que fue creciendo, su madre le advertía que, por mucho que la viese sufrir, nunca más tenía que intervenir en sus discusiones de pareja porque, en el fondo, su padre no era mala persona. Lo único que le ocurría era que tenía un carácter muy fuerte y no consentía que le llevasen la contraria.
A base de verlos un día comiéndose a besos y al siguiente montando escenas de lo más grotescas y violentas, Julián se acostumbró a recluirse en un mundo paralelo en el que las gotas de sangre que encontraba en el lavabo algunas mañanas de domingo, cuando se levantaba el primero, eran capullos de rosas rojas abriéndose al tiempo que él encendía la luz para desearle un día bonito. Las marcas violáceas en la cara de su madre eran senderos tapizados con pétalos de color púrpura caídos de árboles bellísimos, en medio de un jardín encantado que se extendía hasta una casa acogedora, que era la sonrisa de su madre cuando le veía aparecer por la puerta de la cocina cada mañana. Su abrazo era un cielo despejado de nubes en el que lucía un sol radiante que lo impregnaba todo de una calidez infinita y sus besos eran mariposas amarillas que le acompañaban el resto del día en su camino hacia la escuela, en las clases de la mañana, en sus lecturas, durante la hora del patio con sus amigos; en el comedor del colegio animándole a acabarse las lentejas, aunque no le entusiasmasen; en las clases de la tarde, que a veces se le hacían muy cuesta arriba y en el regreso a casa, el momento del día que más temía, por tener que reencontrarse con su padre. Pero en los meses de invierno, cuando a las seis de la tarde ya era oscuro, tenía por costumbre levantar los ojos hacia el cielo y entonces descubría que algunas estrellas se deslizaban, como en un tobogán, desde la cúpula celeste, hacia las copas de los árboles y desde allí le alumbraban el camino para despejar sus miedos.
Entonces sentía que podía volar como las mariposas que le habían acompañado todo el día, corriendo sin que sus pies tocasen el suelo, como tantas veces había soñado, y disfrutando de unos árboles encendidos sin que fuese Navidad y de unas calles inundadas de corazones rojos, sin que hubiese llegado el día de San Valentín y a su madre esperándole en la puerta de su casa, bella y feliz como nunca antes la había visto.
Aquella nueva madrugada, salpicada de bombas que explosionaban en la habitación de al lado sin llegar a matar a nadie, pero minándole la moral a una mujer que se había resignado a su mala suerte, Julián decidió que su mundo sería mejor que el de sus padres, porque él había descubierto el modo de encontrar la luz, aunque permaneciera a oscuras.
Estrella Pisa.
900 palabras.
Relato con el que participo en el Concurso de Relatos 51ª Edición de El Tintero de Oro, en esta ocasión dedicado a Gabriel García Márquez y su novela Cien años de soledad.
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