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Mostrando entradas de abril, 2026

L'Escala, un mar d'emocions.

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Sempre havia pensat que tenia pànic a parlar en públic i aquest pensament recurrent m'obligava a evitar moltes situacions i a gaudir de molts moments entre les persones que m'importaven i em continuen important. Aquesta creença tan limitant em va acompanyar fins fa uns deu anys, quan vaig provar d'impartir unes formacions de tres hores a persones desocupades al meu entorn de treball i em vaig sorprendre en descobrir que m'ho passava molt bé i que, si a la gent li parles amb respecte i humiltat, acabes rebent el mateix respecte, encara que no combreguin amb allò que els has intentat trasmetre. Mentre aquest moment no va arribar, escriure m'era més assequible, perquè podia expressar tot el que sentia sense necessitat d'exposar-me tant obertament. Per ser tant divergent com he estat sempre, la timidesa podia més que jo.                                            Des que tinc mem...

Hasta el fin de los tiempos

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  Lloraba en silencio, cuando sabía que nadie podía verla, refugiada en los que consideraba sus únicos dominios: aquella cocina a la que el resto de los habitantes de aquella casa sólo acudían para atracar una nevera que ellos nunca se preocupaban de llenar. Para eso ya estaba ella, igual que para velar por todos, aunque pareciera invisible ante sus ojos. Delante de ella nadie se atrevía a sacar el tema que la absorbía por completo, por miedo a importunarla y ella les despreciaba a todos precisamente por eso: por haber decidido pasar página y olvidarse de su hermano preso. Aquella mujer no necesitaba preguntarse qué habría hecho Manuel para seguir queriéndole y esperándole. Imagen creada con ChatGTP No se llamaba Agustina, pero hubiera podido enfrentarse a cien cañones apuntándola por defender a Manuel. Tampoco la habían bautizado como María Magdalena, pero habría consentido seguirle hasta el fin de los tiempos. Humilde como su madre y su abuela, Belén se había forjado en los pri...

Un mundo de luz

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  Imagen creada con Copilot Se despertó de madrugada, confundiendo los gritos de la profesora que le avergonzaba delante de todos sus compañeros por haber errado en sus cálculos en la pizarra con los lamentos de su madre en la habitación de al lado. Su padre había vuelto a golpearla, como venía siendo su costumbre desde que Julián tenía memoria. A sus nueve años, comprendía perfectamente el dolor de su madre, pero sabía que lo mejor que podía hacer era no entrometerse en la relación tan tóxica que mantenía con su padre. Lo había hecho siendo muy pequeño, la primera vez que vio a su padre propinándole una bofetada, seguida de otros muchos golpes, sólo porque la sopa se había quedado fría, después de esperarle en la mesa durante un buen rato a que él se decidiera a sentarse a cenar. Julián tenía apenas dos años, pero no dudó en correr hacia su padre, ni tampoco en gritarle con su lengua de trapo: -   ¡No le pegues a mi madre! ¡Eres malo! El padre se giró hacia él, furios...