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Hasta el fin de los tiempos

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  Lloraba en silencio, cuando sabía que nadie podía verla, refugiada en los que consideraba sus únicos dominios: aquella cocina a la que el resto de los habitantes de aquella casa sólo acudían para atracar una nevera que ellos nunca se preocupaban de llenar. Para eso ya estaba ella, igual que para velar por todos, aunque pareciera invisible ante sus ojos. Delante de ella nadie se atrevía a sacar el tema que la absorbía por completo, por miedo a importunarla y ella les despreciaba a todos precisamente por eso: por haber decidido pasar página y olvidarse de su hermano preso. Aquella mujer no necesitaba preguntarse qué habría hecho Manuel para seguir queriéndole y esperándole. Imagen creada con ChatGTP No se llamaba Agustina, pero hubiera podido enfrentarse a cien cañones apuntándola por defender a Manuel. Tampoco la habían bautizado como María Magdalena, pero habría consentido seguirle hasta el fin de los tiempos. Humilde como su madre y su abuela, Belén se había forjado en los pri...

Borrando la alegría

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  Imagen de Pixabay María acudió a la cita contenta y muy ilusionada. Se vistió con un top ajustado y una minifalda que la hacían sentir irresistible. Alberto, al verla, sonrió satisfecho al saberse correspondido por tremenda mujer, pero cuando la dejó horas más tarde frente a la puerta de su casa le pidió que, para la próxima cita, no se pintase tanto y eligiese un vestuario algo más recatado. Ella se sintió avergonzada y muy sorprendida. Hasta ese día nadie le había cuestionado su aspecto físico. Procuró evitar los escotes y empezó a ir siempre con vaqueros y deportivas. Pero él, lejos de estar contento con el cambio que ella había experimentado, empezó a atacarla de nuevo: -   No me gustan tus amigos moscones ni tus amigas salidas. Tampoco me gusta que leas tanto ni soporto que lleves la iniciativa cuando follamos. Aquí el macho alfa soy yo. Yo decido cuándo, cómo y dónde. ¿Te queda claro? Triste y desconcertada, María no entendía cómo Alberto podía decirle aquel...