La luz perdida
- ¡Te dije que no hicieras ruido! - le gritó a Calypso.- ¡Ahora has despertado a mamá, con lo que le cuesta coger el sueño!
Calypso no se movió del mueble en el que reposaba, con la mirada clavada en los ojos de su dueña. Era un gato de angora de pelaje blanco y ojos verdes que brillaban como esmeraldas en medio de aquella estancia desangelada.
La madrugada era fría como un trozo de hielo que se adhiere al tacto de los dedos y araña la piel con sus aristas afiladas. Lucía estaba fuera de sí ante la pasividad del gato. Se acercó a él con la mano levantada y le propinó un buen manotazo en la cabeza con tanta inquina que el pobre animal acabó hecho añicos desparramados por el suelo de la sala. El estrépito de la porcelana rota contra los mosaicos desgastados acabó de desquiciar aún más a la pobre Lucía, que rompió a llorar, desconsolada.
Llevaba cinco eternos días encerrada en casa y, cada vez que conseguía cerrar los ojos y abandonarse al sueño, las pesadillas la asediaban por todos los rincones de su mente. Oía a su madre llamándola y se despertaba sudando a mares. Salía corriendo de su habitación, cual sonámbula chocándose contra las paredes, y se precipitaba por el pasillo hasta la habitación de la anciana para atenderla. Pero aquellas últimas cinco noches se había encontrado con una cama vacía en medio de una alcoba huérfana de emociones y de calidez, porque su madre ya no estaba. Después de cuidarla día y noche durante más de tres años, olvidándose por completo de su propia vida, sufriendo el abandono de su última pareja y dejando el trabajo sin contar con ninguna prestación que compensase su sacrificio, su madre había fallecido. Pero Lucía, en momentos de duermevela como el que había acabado de protagonizar con el pobre Calypso, aún la creía viva y le creía vivo a él.
Su mente embotada se distraía del dolor olvidando que aquel gato maravilloso, con el que había compartido sus penas y sus alegrías, también había muerto la primavera anterior. Quizá de pena, por verla sufrir tanto a ella sin poder hacer otra cosa que acompañarla en su dolor. Quizá de viejo, porque el tiempo no corre al mismo ritmo para los gatos que para los humanos. Para ellos todo sucede con mayor rapidez y los achaques les alcanzan mucho antes. Maduran deprisa, viven a contra reloj, aunque nos parezca que no se muevan, que ni sientan ni padezcan, que dormiten en la desidia sin preocuparse por nada.
La enfermedad que padecía su madre le impedía caminar, pues hacía ya mucho tiempo que no conseguía mantener el equilibrio y su cuerpo se arqueaba de lado. Era incapaz de coordinar sus movimientos y su mente divagaba hasta el punto de no saber quién era ella ni quién era su propia hija. Todo había empezado con fallos de memoria hacía unos ocho años. Después de recorrer juntas un largo vía crucis de pruebas y especialistas, el diagnóstico les cayó encima como un jarro de agua fría. La madre de Lucía padecía Alzheimer en fases tempranas. Les informaron de lo que estaba por venir y le recomendaron a la hija que empezara a buscar una residencia donde ingresar a la madre. Lucía no consintió que aquel médico siguiera por aquel camino y le aseguró que nunca abandonaría a su madre.
Lucía era hija única y su padre había fallecido hacía veinte años. Desde entonces, madre e hija se habían mantenido juntas, negándose Lucía a irse a vivir de forma independiente con ninguna de sus parejas. Había preferido que la dejasen a dejar ella a su madre. Si mientras ella estuvo bien se mantuvo a su lado, ¿cómo iba a abandonarla ahora que tanto la necesitaba?
- Lucía, entiendo perfectamente tu postura, pero no tienes ni idea de a lo que te enfrentas tú sola- intentó convencerla su psicóloga.
- Es mi madre, no puede ser tan grave hacer por ella lo que ella no dudó en hacer por mí.
- Tu empeño es muy loable, pero criar a un hijo no es lo mismo que cuidar de un padre con Alzheimer. Un niño evoluciona hacia adelante y cada vez se vuelve más independiente. Un enfermo de Alzheimer evoluciona hacia atrás y cada día que pasa se vuelve más dependiente y vulnerable.- volvió a insistir la psicóloga.
- Es posible, pero estoy dispuesta a asumirlo.
- El precio que pagarás será muy alto, Lucía. Mírate: apenas duermes, estás todo el día en tensión y te duele un mundo cada vez que llegas a casa y sientes que ella no te reconoce o te insulta sin motivo o te escupe la comida.
- Un mal día lo tiene cualquiera. Es normal. La dejo todo el día al cuidado de una vecina y ella se enfada.
- No lo entiendes, Lucía. Ella no se comporta así porque esté enfadada contigo porque ni siquiera es consciente de quién eres ni de con quién la dejas. La enfermedad se ha apoderado de su mente y ya no es ella.
- Siempre será mi madre, esté como esté.
Lucía no aceptaba consejos de nadie y se mantenía en sus trece. Los últimos tres años la situación se había vuelto de lo más insostenible y ya no podía irse a trabajar tranquila, pues su vecina no podía más y era la primera que le insistía en que la ingresara. La forma de hablar de su madre se había vuelto de lo más incoherente, utilizando palabras sin sentido alguno. También se había vuelto agresiva y exhibía una fuerza del todo inusual para una anciana de su edad cuando golpeaba o pellizcaba a quien solo pretendía cuidarla. Había que vigilarla constantemente para que no se levantase y se fuese hacía la cocina para abrir la llave del gas, se precipitase por las escaleras o se desprendiera del pañal sucio y se dedicase a limpiar con él los muebles de la sala o las paredes del pasillo. La vecina de Lucía había cogido miedo de lo que pudiese pasar y que después la culpasen a ella de sus consecuencias. Un día la gota colmó el vaso y se plantó.
- Se acabó, Lucía. No puedo más.
- Pero dame unos días, hasta que encuentre a alguien que pueda ayudarme.
- No, Lucía. Llevas años diciendo lo mismo y no has encontrado a nadie, porque no puedes costearlo. Este trabajo no está pagado y no todo el mundo es como yo. Lo he hecho todo este tiempo por el cariño que siempre os he tenido a tu madre y a ti.
- Pero sabes que te he pagado por ello.
- No me hagas reír, Lucía. Sabes perfectamente que limpiando casas dos o tres horas al día habría sacado mucho más que estando todo el día pendiente de ella.
- Lo siento.
- No lo sientas. Lo he hecho con gusto, pero no lo voy a hacer más.
A Lucía no le quedó más opción que dejar su trabajo en la gestoría en la que llevaba trabajando desde los dieciocho años. Se volcó por completo en el cuidado de su madre, dándose cuenta al poco tiempo de que la actitud de la anciana hacia ella no cambiaba un ápice. Pero, lejos de derrumbarse, sacó fuerzas de dónde creía haberlas agotado, en parte gracias a Javier, que consentía en ayudarla con su madre cada vez que sus viajes le daban una tregua y la situación en casa de Lucía comprometía su paciencia. Pero llegó un momento en que él no lo soportó más y decidió marcharse por donde había venido.
Llevaban juntos cinco años, pero apenas habían llegado a convivir, porque el trabajo de él implicaba que tuviese que viajar constantemente y sólo se veían los fines de semana y en vacaciones. Antes de marcharse intentó convencer a Lucía de que ingresase a su madre, pero ella le respondió a la defensiva:
- Si lo que me estás planteando es que elija entre ella y tú, me quedo con ella, no te quepa duda.
- Pues entonces, no tengo más que decir, Lucía. Mucha suerte.
Un día de los pocos en que su madre despertó algo lúcida, Lucía aprovechó para sacarla a pasear, llegando hasta el mercado de los anticuarios. A su madre siempre le habían gustado las cosas antiguas y aquel día la sorprendió mirando un gato de porcelana que le recordó a Calipso, a quien acababan de perder hacía unos pocos días. Lucía lo interpretó como una señal y, desde entonces, había tenido aquella figura presidiendo una de las estanterías del mueble de la sala. Pero en aquella madrugada fría, cuyas aristas de hielo de arañaban los sentidos, ya ni ese consuelo le quedaba.
Permaneció inmóvil y despierta, sentada en la alfombra y abrazada a sus propias piernas. Parecía una niña indefensa y muy asustada. Las primeras luces del alba se colaron entre las lamas de la persiana, envueltas de polvo en suspensión que le daba un aire aún más lúgubre a toda la escena.
Lucía fue consciente de que no podía prolongar por más tiempo su encierro ni su propio abandono. Se había quedado sola, pero aún era joven y tenía que luchar por recuperar las riendas de su propia vida. Con la muerte de su madre, ya no podría seguir viviendo de su pensión de viudedad. La anciana no le había dejado otra cosa que aquella casa que debía empezar a mantener por sus propios medios si no quería arriesgarse a perderla. De la manera que fuese, debía volver a levantarse y encontrar un modo de ganarse la vida.
En esas disquisiciones mentales estaba cuando sonó el timbre de la puerta. ¿Quién podía ser a las ocho de la mañana de un sábado?
Al abrir la puerta se encontró frente a frente con Javier. Sorprendida, pues no le había visto en el funeral de su madre, desconfió de sus intenciones.
- ¿Qué haces aquí?
- Me enteré de lo de tu madre, pero estaba fuera y no pude acompañarte. Acabo de llegar de Berlín.
- Me extrañó no verte en el funeral, pero luego pensé que lo raro hubiera sido que hubieses aparecido.
- ¿Puedo pasar y hablamos dentro?
- Claro, pasa.- le invitó, haciéndose a un lado.
- Nunca he pasado de ti, Lucía, pero llegó un momento en que ya no pude soportar más la manera como tú misma te estabas abandonando.
- Es fácil decirlo cuando a ti no te estaba pasando lo que me estaba pasando a mí.
- Lucía, sabes que te apoyé todo el tiempo que estuvimos juntos y que yo también me impliqué en el cuidado de María. Siempre me cayó bien y, aunque no me creas, la quería,
- Pero te cansaste y te largaste.
- Entiéndelo: No podía más.
- Y ahora, ¿a qué has venido?
- A acompañarte en el duelo y a pedirte otra oportunidad.
- Vaya, que has decidido volver, pero pasa una cosa muy curiosa, Javier. Tú ya no eres tú y, aunque yo siga aquí, tampoco soy yo.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Pues, que quizá ya no haya nada que arreglar entre nosotros.
Lucía le miraba, pero ya era incapaz de distinguir los rasgos de la persona de la que un día se enamoró. Javier la miraba a ella y reconocía que no quedaba en ella nada de lo que en otro tiempo le impresionó. Roto el hechizo de las primeras veces, con la inocencia distraída y el alma abierta de par en par, entre ellos solo quedaban sombras de lo que habían sido, apenas telarañas frágiles de los lazos que un día les unieron para después desunirles, polvo de estrellas que reposaba en el lodazal que los envolvía ahora entre fragmentos rotos de un gato de porcelana cuyos ojos, intactos, aún destellaban un augurio de esperanza.
- Es evidente que ya no somos los que fuimos, pero podemos volver a empezar siendo otros, Lucía- insistió Javier, conmovido por el desamparo que la envolvía.
- Creo que bastante tengo ya con intentar recobrar las fuerzas para buscarme un trabajo como para embarcarme de nuevo en amores que me hagan sufrir aún más.
- Te juro que no te haré más daño.
- No jures en vano, Javier. La paciencia que tenía se me agotó con mi madre. No tienes ni idea de lo duros que han sido sus últimos meses.
- Lo lamento, pero ahora todo eso ya ha pasado.
- Y por eso vuelves, porque el problema ya se ha ido y crees que yo te iba a estar esperando con los brazos abiertos, como si no hubiese pasado nada. Pues no es así. No te perdono que me abandonases cuando más te necesitaba. De modo que ya no pintas nada en esta casa. Vete, por favor.
- Pero, Lucía...
- ¡Ni Lucía, ni leches! Llegas dos años tarde y aquí nadie te estaba esperando ya.
- Lucía, por favor...
- ¡Te he dicho que te vayas!- le abrió la puerta y le señaló la verja que les separaba de la calle. Javier se rindió y salió cabizbajo. Ella cerró con un portazo, pero, lejos de venirse abajo, sintió una subida de adrenalina que recorrió todo su ser. De pronto, se sorprendió ella misma diciéndose: ¡Qué bien que sienta darle puerta a un capullo!
Sin vacilar, fue hacia la cocina y volvió con una escoba y un recogedor con los que despejó la sala de los restos del falso Calipso. Después se metió en el cuarto de baño, llenó la bañera de agua caliente en la que esparció un montón de sales aromáticas para acabar sumergiéndose en ella durante casi una hora. Concluido el baño relajante, entró en su habitación y sacó de su armario la ropa más alegre que encontró.
Al salir de su casa no pudo evitar recordar la letra de una canción de Mecano porque sintió que las luces de la calle le hicieron daño en los ojos y se obligó a rebuscar en su bolso unas gafas de sol que hacía meses que no había usado. Pero no se amilanó y siguió adelante hacia el centro del pueblo. Vivir en las afueras le brindaba la oportunidad de pasar por delante de un campo de colza que estaba en todo su amarillento esplendor. Esa visión la animó, obligándola a aminorar la marcha de sus pasos para deleitarse en su disfrute. Al adentrarse en las primeras calles del centro, lo hizo determinada a encontrar un trabajo, el que fuese. Después de todo lo que había sufrido, no se le caían los anillos por tener que hacer según qué. Era una persona libre, sin nadie que la esperase en casa y sin nadie a quien esperar. Podía comprometerse a hacer cualquier horario y quiso la fortuna posicionarse de su lado aquella mañana cuando, al pasar frente a una pequeña frutería de barrio, vio colgado un cartel en el que se leía que necesitaban una dependienta. Nunca había entrado en ella, pues desde siempre ella y su madre preferían el mercado ambulante cuyas paradas se extendían muy cerca de su casa. Pero no vaciló en hacerlo por primera vez ni en ir al grano. Resultó que el dueño tampoco podía permitirse perder el tiempo con objeciones y aquella misma mañana decidió contratarla para que se incorporase al día siguiente.
Cuando Lucía volvió a casa lo hizo cargando dos bolsas del supermercado que tenía dos calles más abajo y reflejando una alegría que distaba mucho de la apatía con la que había salido un par de horas antes. El resto del día lo dedicó a airear todas las estancias de la casa y a limpiar, llenando varias bolsas con todo lo que no quería conservar. La ropa de su madre la entregaría toda a Cáritas y se desprendería también de varios muebles y enseres que no iba a necesitar. Le pediría a uno de sus vecinos que le ayudase a trasladarlo todo con su furgoneta a un punto limpio y, cuando tuviese días libres en el nuevo trabajo, los aprovecharía para pintar toda la casa de colores alegres con los que borrar toda la oscuridad que se había apoderado de sus estancias durante la enfermedad y la larga agonía de su pobre madre.
Un mes después, cuando sentía que había recuperado su vida y era capaz de disfrutar de todo lo bueno que le salía al paso y de aprender de lo que le parecía menos agradable, se decidió a remodelar el pequeño jardín, plantando un jazmín junto a la puerta de la entrada, fresias de distintos colores en los arriates que rodeaban la parte delantera de la casa, margaritas blancas en sus extremos, capuchinas colgantes junto a las ventanas de la planta baja y unos cuantos rosales junto a la verja que separaba el jardín de la calle. Cuando llegase la próxima primavera, podría sentarse a leer rodeada de toda aquella belleza y respirando el aroma de todas aquellas flores.
Soñando con esos futuros días, se sorprendió recordando a Calypso y pensó que lo único que le faltaba a su casa renovada era un gato. Buscó el número de la protectora de animales y concertó una cita para esa misma tarde. Vio diferentes animales, unos más desvalidos que otros, pero no sintió mariposas en el estómago hasta que sus ojos se posaron en los de un gato negro que brillaba como el terciopelo y los mismos ojos verdes que lucía Calipso. Solo entonces tuvo la certeza de haber recobrado la luz perdida.
Estrella Pisa.
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