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Vaya par de elementos

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  Imagen encontrada en Pixabay Tras levantarse el telón, por todo decorado apareció de fondo el lecho de un río por el que apenas discurría un hilo de agua. El escenario se presentaba vacío y las luces apenas alcanzaban a abrirse paso entre tanta oscuridad. De pronto, de entre las piedras que bordeaban el río en el extremo derecho del decorado empezó a emerger una sombra que, tambaleándose, se detuvo en medio del escenario. Entonces una potente luz la enfocó y, desde sus butacas, todos pudieron descubrir a una mujer que parecía que acababa de salir vestida de un baño de barro. Su pelo enredado, su cara, sus manos e incluso su olor recordaban a la tierra agrietada de algunos campos cuando lleva demasiado tiempo sin llover. Pese a su deplorable aspecto, la mujer no tuvo ningún pudor en tratar de meterse en el bolsillo a quienes la miraban sin acabar de entender de qué iba aquella puesta en escena. - ¡Estoy seca!- soltó a modo de saludo con voz pastosa- ¿Alguien me daría un trago ...

La espada de madera

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  Imagen encontrada en https://www.windlass.com/wp-content/uploads/2017/11/600600_medieval-practice-weapon-one-handed-sword-04-600x600.jpg Eran tiempos de sangre y de miedo, en los que la vida valía menos que la inmundicia que algunas mujeres arrojaban a la misma calle en la que los niños jugaban a diseccionar lagartijas movidos por la curiosidad de ver qué tenían dentro. Pedro era el más pequeño de todos, aunque también el más decidido. Tenía el firme propósito de llegar a ser caballero templario alentado por la figura de Fray Angelo, el hijo bastardo del antiguo señor de aquellas tierras, de quien su abuelo no dejaba de relatarle sus hazañas. Sus compañeros, que como él eran hijos de campesinos que no tenían dónde caerse muertos, no paraban de reírse de sus ocurrencias. -  Pero, ¿tú quién te crees que eres? Harto de sus burlas, Pedro dejó de jugar con ellos. Cada día, después de ayudar a su padre y a su abuelo en los campos, se iba al río a jugar solo, peleando contr...

Dos náufragos

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  Mirándolo a esos ojos que han recobrado la luz, Hanna siente que ese hombre y ella son como dos náufragos que compartieron una misma isla en medio de un océano inhóspito y depravado. Ella cuidó de sus heridas físicas y él intentó curarle a ella las de su alma atormentada. Pero el tiempo es como un niño inquieto que nunca descansa. Transcurre y, a su ritmo, sanan las heridas de él y ella regresa a su mundo, una realidad pautada por rutinas que le ayudan a no perderse y le permiten seguir en pie. Se ha impuesto una vida austera, parca en palabras y en personas. Las semanas que ha cuidado de él han sido un espejismo en la mitad de un desierto en el que ella ha decidido de antemano que nada va a florecer. Se siente rota y la envuelven la vergüenza de haber sobrevivido a tanto horror y la culpa de seguir caminando mientras tantos otros se han quedado por el camino. Todo era más fácil mientras sabía que él no podía verla, sólo intuirla. Ahora él la mira y le suplica una oportunidad ...

Hojas secas, caricias gélidas

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  Caen las hojas amarilleando el viento; algunas ensangrentadas por las heridas que les ha infringido el paso del tiempo, otras secas y oscurecidas por haber vivido a la sombra de aquellas otras que nunca les permitieron brillar. Cae el otoño extendiendo su manto sobre la ciudad, imponiendo restricciones de luz y de sueños, obligándonos a sucumbir a las gélidas caricias del invierno que se avecina en un horizonte incierto. Estrella Pisa Microrrelato finalista en el libro Otoño e invierno VI, editado por Diversidad Literaria.

La plaza de Mateo

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Dibujo de JoelArfiJoel encontrado en Pixabay  -   ¡ Apártate de mi camino!- le espetó al anciano que, en ese momento, jugaba a la petanca y se disponía a lanzar la bola en medio de la plaza que Mateo acostumbraba a cruzar cada día a la misma hora para ir hasta la ferretería que regentaba desde que su padre había muerto.-  -  ¿Cómo dices? -   Lo que has oído, ¿o es que acaso eres sordo? -  ¡Esta plaza es de todos! -  ¡Por tu culpa voy a llegar tarde! -  Tendrías que pasar por el tramo que está embaldosado. Los tramos de tierra no se consideran zonas de paso, sino de recreo.  -  ¡Nunca he pisado el tramo embaldosado! -  ¡Tú estás enfermo! -  ¡Lo que estoy es muy cabreado, así que apártate de una vez!- En esta ocasión llegó a empujar al pobre anciano quien optó por apartarse y le dejó avanzar. Mateo reanudó su marcha visiblemente alterado y apretó el paso. Su vida se había forjado a base de estrictas ru...

Calladita estás más guapa

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  Alcestis, princesa griega que decidió sacrificarse y morir en lugar de su marido, el rey Admeto de Feras. Hasta esta mañana no he podido abandonar el hospital. Con el orgullo resquebrajado y el alma rota, no he podido hacerlo por mi propio pie, sino en una silla de ruedas de la que no podré desprenderme en mucho tiempo. La rehabilitación será larga hasta que mis piernas puedan volver a sostenerme. Pese a la gravedad de mis heridas físicas, lo que más le preocupa a mi médico, es mi mutismo. Está convencido de que alguno de los golpes que mi expareja me propinó en la cabeza debió afectarme el área del habla. Pobre hombre... ni se imagina que soy yo la que ha decidido no volver a abrir la boca. Ya me advertía mi madre:  "Calladita estás más guapa"  cada vez que intentaba abrirme paso entre sus imposiciones. Se propuso convertirme en "Doña perfecta" y creyó conseguirlo cuando me vio casada con quien ella decidió. Según me decía, buscaba lo mejor para mí, pero no se da...

Retorno al Edén

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  Imagen encontrada en Pixabay Los androides habían arrasado los campos de cultivo y, en su lugar, habían sembrado la Tierra de placas fotovoltaicas y molinos de viento que abastecían de energía su cada vez más creciente población. A menudo mandaban patrullas a explorar los túneles subterráneos en busca de niños despistados a quienes capturar para obligarles a trabajar en las minas de litio que necesitaban para recargar o sustituir sus baterías. Los constantes enfrentamientos entre los dos bloques en los que se habían dividido provocaban demasiadas bajas, poniendo en peligro la continuidad del sistema que habían creado. Cada nuevo androide que habían de fabricar suponía un coste cada vez más elevado, pues los recursos del planeta se estaban agotando. Si no hacían algo para remediarlo, intuían que podían acabar extinguiéndose. Llevaban tiempo explorando el espacio exterior, nutriéndose de toda la información registrada en las bases de datos que nunca consintieron destruir, pese...