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Antes muerta que muda

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  Imagen encontrada en Pixabay Antes muerta que muda. Antes presa que a oscuras. La jodida censura es el disfraz que eligen los cobardes para protegerse de la libertad. De la suya porque temen que se haga pública. De la tuya porque envidian que oses vivir sin miedo. Hacen lo que quieren, dónde y cómo quieren, pero a ti te amordazan y te dan veneno. Antes muerta que adormecida. Antes presa que abducida. De la maldita censura más vale que te alejes y te guardes si quieres proteger tu integridad. Porque si no te dejan ser tú, nunca serás nadie. Porque si sólo pueden ser ellos, te dejarán sin sueños. Volverá a anidar en ti el miedo y se harán tus dueños. Antes muerta que resignada. Antes presa que anulada. Los que prohíben la cultura son los mismos que envuelven en alardes palabras que suenan a temeridad. Porque las reinterpretan a su antojo y capricho. Porque las secuestran y les cambian el sentido. Y donde dijeron digo ahora dicen Diego...

Las cadenas de cada tiempo

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  A Jorge no le acababa de convencer el papel que le habían asignado en la obra que llevaban días representando. Y, a juzgar por la recaudación que estaban obteniendo en taquilla, parecía que al público la obra en sí tampoco le estaba entusiasmando. Había leído las críticas del día anterior y eran demoledoras: diálogos demasiado forzados, trama insulsa y falta de ritmo. Si el día del estreno habían conseguido un aforo del setenta y cinco por ciento, los días siguientes había ido bajando en picado el número de espectadores y todo apuntaba a que la obra acabaría suspendiéndose. Estaba a punto de salir al escenario, en el que una dama de otra época le esperaba embelesada para que la deleitase con su verborrea de poeta enamorado. Sólo de pensar en la sarta de cursiladas que tendría que volver a soltar por la boca le venían arcadas. Pero se había comprometido con la compañía y debía cumplir, pues sus facturas no se pagaban solas. Aunque aquel día estaba dispuesto a saltarse unas cuanta...

Borrando la alegría

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  Imagen de Pixabay María acudió a la cita contenta y muy ilusionada. Se vistió con un top ajustado y una minifalda que la hacían sentir irresistible. Alberto, al verla, sonrió satisfecho al saberse correspondido por tremenda mujer, pero cuando la dejó horas más tarde frente a la puerta de su casa le pidió que, para la próxima cita, no se pintase tanto y eligiese un vestuario algo más recatado. Ella se sintió avergonzada y muy sorprendida. Hasta ese día nadie le había cuestionado su aspecto físico. Procuró evitar los escotes y empezó a ir siempre con vaqueros y deportivas. Pero él, lejos de estar contento con el cambio que ella había experimentado, empezó a atacarla de nuevo: -   No me gustan tus amigos moscones ni tus amigas salidas. Tampoco me gusta que leas tanto ni soporto que lleves la iniciativa cuando follamos. Aquí el macho alfa soy yo. Yo decido cuándo, cómo y dónde. ¿Te queda claro? Triste y desconcertada, María no entendía cómo Alberto podía decirle aquel...

Vaya par de elementos

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  Imagen encontrada en Pixabay Tras levantarse el telón, por todo decorado apareció de fondo el lecho de un río por el que apenas discurría un hilo de agua. El escenario se presentaba vacío y las luces apenas alcanzaban a abrirse paso entre tanta oscuridad. De pronto, de entre las piedras que bordeaban el río en el extremo derecho del decorado empezó a emerger una sombra que, tambaleándose, se detuvo en medio del escenario. Entonces una potente luz la enfocó y, desde sus butacas, todos pudieron descubrir a una mujer que parecía que acababa de salir vestida de un baño de barro. Su pelo enredado, su cara, sus manos e incluso su olor recordaban a la tierra agrietada de algunos campos cuando lleva demasiado tiempo sin llover. Pese a su deplorable aspecto, la mujer no tuvo ningún pudor en tratar de meterse en el bolsillo a quienes la miraban sin acabar de entender de qué iba aquella puesta en escena. - ¡Estoy seca!- soltó a modo de saludo con voz pastosa- ¿Alguien me daría un trago ...

La espada de madera

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  Imagen encontrada en https://www.windlass.com/wp-content/uploads/2017/11/600600_medieval-practice-weapon-one-handed-sword-04-600x600.jpg Eran tiempos de sangre y de miedo, en los que la vida valía menos que la inmundicia que algunas mujeres arrojaban a la misma calle en la que los niños jugaban a diseccionar lagartijas movidos por la curiosidad de ver qué tenían dentro. Pedro era el más pequeño de todos, aunque también el más decidido. Tenía el firme propósito de llegar a ser caballero templario alentado por la figura de Fray Angelo, el hijo bastardo del antiguo señor de aquellas tierras, de quien su abuelo no dejaba de relatarle sus hazañas. Sus compañeros, que como él eran hijos de campesinos que no tenían dónde caerse muertos, no paraban de reírse de sus ocurrencias. -  Pero, ¿tú quién te crees que eres? Harto de sus burlas, Pedro dejó de jugar con ellos. Cada día, después de ayudar a su padre y a su abuelo en los campos, se iba al río a jugar solo, peleando contr...

Dos náufragos

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  Mirándolo a esos ojos que han recobrado la luz, Hanna siente que ese hombre y ella son como dos náufragos que compartieron una misma isla en medio de un océano inhóspito y depravado. Ella cuidó de sus heridas físicas y él intentó curarle a ella las de su alma atormentada. Pero el tiempo es como un niño inquieto que nunca descansa. Transcurre y, a su ritmo, sanan las heridas de él y ella regresa a su mundo, una realidad pautada por rutinas que le ayudan a no perderse y le permiten seguir en pie. Se ha impuesto una vida austera, parca en palabras y en personas. Las semanas que ha cuidado de él han sido un espejismo en la mitad de un desierto en el que ella ha decidido de antemano que nada va a florecer. Se siente rota y la envuelven la vergüenza de haber sobrevivido a tanto horror y la culpa de seguir caminando mientras tantos otros se han quedado por el camino. Todo era más fácil mientras sabía que él no podía verla, sólo intuirla. Ahora él la mira y le suplica una oportunidad ...

Hojas secas, caricias gélidas

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  Caen las hojas amarilleando el viento; algunas ensangrentadas por las heridas que les ha infringido el paso del tiempo, otras secas y oscurecidas por haber vivido a la sombra de aquellas otras que nunca les permitieron brillar. Cae el otoño extendiendo su manto sobre la ciudad, imponiendo restricciones de luz y de sueños, obligándonos a sucumbir a las gélidas caricias del invierno que se avecina en un horizonte incierto. Estrella Pisa Microrrelato finalista en el libro Otoño e invierno VI, editado por Diversidad Literaria.