Un nuevo tres de enero
Ha amanecido un nuevo tres de enero en un día gris que amenaza lluvia y nos echa un aliento gélido. Tal día como hoy, de hace cuarenta y cuatro años, tu cuerpo dejó de aguantar y se relajó para siempre.
Eras un hombre joven, un "cuarentañero" como diríamos ahora. Llevabas años enfermo, pero la tuya no era una enfermedad que pudiese llevarte a la muerte tan pronto. Al menos, nunca sentimos que pudiera hacerlo, hasta el día de fin de año, en que todo se complicó y nada pudieron hacer los médicos por revertir tu delicada situación.
Siempre he creído que hay que diferenciar entre enfermedades y personas enfermas. Tú decidiste, con tu actitud, convertirte en una persona enferma cuando apenas tenías treinta años, una esposa y tres hijas pequeñas. Sin que tú lo sospecharas entonces, tu decisión empezó a labrarte un camino de no retorno, una deriva hacia un naufragio anunciado.
Hay problemas de salud que nos limitan físicamente, pero si nuestra actitud es positiva, podemos seguir avanzando tirando de muletas y coraje. Pero el tuyo no era un trastorno físico y consiguió doblegarte por completo.
La mente es astuta y consigue hacernos creer lo que queremos creer cuando estamos de bajón. Se convierte en la portadora de los malos augurios y deja que nos despeñemos montaña abajo en nuestra huida de las críticas destructivas y de las miradas de desprecio.
A raíz de tu primera gran crisis te llegaste a sentir tan ninguneado por tantas personas... A algunas las habías considerado durante años tus amigos, pero la que más te dolió fue tu propia madre. ¿Qué madre aparta de su lado a un hijo porque se avergüenza de él?
Lamentablemente, padecer un trastorno mental hoy en día continua siendo un riesgo de exclusión social para muchas personas, pero hace cincuenta años equivalía a una condena segura al ostracismo. ¿Era la sociedad de entonces más inhumana que la de ahora? No lo creo. Pero sí que era una sociedad más desinformada y con una nula educación emocional.
Siempre he creído que te avanzaste a tu tiempo en muchas cosas, papá. Habrías disfrutado muchísimo de haber vivido el surgimiento de internet, de haber podido llegar a leer muchos de los libros que he leído, de haber podido irrumpir en el mundo de los blogs y de las redes sociales. Con lo que a ti te gustó siempre escribir y hacer monólogos... ¿Crees que no te oía algunas mañanas cuando te enzarzabas en aquellas disquisiciones sobre todos los temas que se te pasaban por la cabeza? Para cualquier otra persona que te hubiese oído le habrías parecido un pobre loco que hablaba solo. Pero para mí no. Para mí era un privilegio oírte y aprender de ti.
Vitral creado con ChatGTP, recreando el Macondo de Gabo.
Te habría encantado poder leer a Gabriel García Márquez, descubrir su Macondo mágico. También las últimas canciones de John Lennon, ver a un negro presidiendo los EEUU y a un papa argentino en el Vaticano, un gran ser humano el Papa Francisco.
Ojalá Daniel Goleman hubiese divulgado su inteligencia emocional veinte años antes de lo que lo hizo. Ojalá hubieses tenido la oportunidad de leerle, de aprender a no darle tanta importancia a lo que pudiesen pensar de ti los demás. Ojalá hubieses aprendido a quererte un poco más y a respetarte como la gran persona que eras y que, para mí, sigues siendo.
Creo que naciste y creciste en un ambiente en el que nunca te enseñaron ni a quererte ni a querer de una forma sana a los demás. Te forjaron a base de silencio y medias verdades o mentiras a medias, como a tantos otros de tu generación. La obligación siempre pasó por delante de la vocación y el no dar que hablar se impuso como una condena que debías cumplir a rajatabla. En tu mundo, caerse no se te planteaba como una oportunidad de levantarte con más fuerza, sino como una humillación pública. Eras un apestado y, lo más triste de todo, es que no lo eras porque realmente fuese así, sino porque tú te lo creíste. Tú le diste el poder a demasiada gente para que te destruyeran porque tú fuiste el primero que no creíste en ti, que nunca aprendiste a ponerte el mundo por montera, que preferiste esconderte en un rincón y pasar el tiempo quemándote los pulmones cigarrillo tras cigarrillo y atrofiándote las piernas de no usarlas, siempre entre la cama y el sofá, ante una caja tonta que te enseñaba solo la versión del mundo que a ella le convenía enseñarte.
Llevo cuarenta y cuatro años echándote de menos, pero, a la vez, sintiéndote muy vivo en mi mente. Me gusta pensarte libre de todos aquellos miedos e inseguridades que te acompañaron mientras estuviste vivo. Pensar en ti siempre me ayuda a desatascarme cuando me encuentro en encrucijadas que me exigen elegir entre un camino u otro y acabo decantándome por el que más me convenga a mí, sin preocuparme por lo que puedan decir o pensar los demás.
Solo tenemos una vida y no tenemos ningún derecho a boicoteárnosla con pensamientos destructivos ni con remordimientos de conciencia absurdos. Lo hecho, hecho está y no se puede cambiar. Pero lo que nos disponemos a hacer ahora mismo, eso sigue estando en nuestras manos.
El mundo es, ni más ni menos, lo que nos dignamos a hacer con él.
Tú creíste en mí desde siempre, pese a que te defraudé nada más nacer. Tú querías un chico y aparecí yo. Cualquier padre de tu época se habría sentido estafado. Pero te volcaste en mí, enseñándome matemáticas. Cuántas tardes nos pasamos con aquellos cuadernillos de cálculo y aquellos problemas que parecían tan complicados de resolver... Tú siempre tenías respuestas para todos. Qué grande fuiste y qué grande me sigues pareciendo ahora.
Te quiero, papá.
No estoy triste porque ya no estés, porque sigues estando en mi vida y lo vas a seguir estando siempre.
Estoy feliz por haber tenido el padre que me tocó en suerte. No podría haber tenido un padre mejor que tú.
Estrella Pisa.
Qué emocionante, Estrella. Una carta para tu padre y para ti... y también para quienes la leemos. Como dices, es totalmente cierto cuando la leo, que tu padre sigue presente contigo.
ResponderEliminarUn enorme abrazo .-)
Muchas gracias, Miguel.
EliminarMe alegra que te haya gustado. Mi padre sigue siendo parte de mi raíz. No podemos negar de dónde venimos si lo que pretendemos es andar seguros hacia donde nos aventuremos a ir.
Un abrazo enorme.