Mientras la memoria no me olvide

 

Querido tío Jaime,

Igual que hay días que brillan con una luz especial desde sus primeras horas, otros se resquebrajan nada más iniciar su andadura las agujas del reloj. Eso nos pasó el lunes por la mañana cuando supimos que tu corazón se había parado.

Han transcurrido cinco días y aún me cuesta creer que ya no estés entre nosotros. Que, para ser exactos, siento que lo sigues estando y lo estarás. Pero no en el plano físico, sino en nuestros recuerdos y en el legado de humanidad que has dejado.

Te conocí siendo yo una niña pequeña que apenas entendía nada, pero sí se sorprendía de que se casase su tía con diecisiete años y nadie de la familia la acompañase ese día. Siempre quise mucho a mis abuelos y a mis tíos, pero nunca entendí cómo el miedo a las habladurías de la gente podía llegar a pesar, en su escala de valores, mucho más que los sentimientos hacia su hija pequeña.

Tampoco entendí nunca que les diesen a sus cinco hijos toda la libertad para ser quienes quisieran ser y a sus tres hijas les mutilasen tanto las alas.

La tía María, tu mujer, fue valiente y supo rebelarse contra el modelo de vida que ellos intentaban imponerle. Se negó a ser la criada de todos y la niña ejemplar que acaba aceptando sin rechistar la pareja que les conviene a sus padres, porque muchas de las mujeres de su época aún se dejaban llevar más por el miedo a las consecuencias de contrariarles que por el amor.


María decidió apostar por sus verdaderos sentimientos y por ti. Os casasteis prácticamente solos y tuvisteis la suerte de que tus padres no pensaran como los suyos. Os acogieron en su humilde hogar y vivisteis con ellos mientras no tuvisteis el vuestro propio.

Mientras fui una niña, no recuerdo ninguna comida familiar con vosotros, pero sí se me quedó muy grabada una noche que me acogisteis en vuestra casa, que era aún la de tus padres. Os hicisteis cargo de mí porque aquella noche nació mi hermana pequeña, de la que fuisteis los padrinos.

Más tarde llegaron vuestros hijos. Primero Jaime, después Arturo. Tiempo después Mónica y, cuando ya creíamos que os habríais plantado en la casilla del tres, nació Estel.

De todos los tíos siempre fuiste el que fue más a su bola, pero sin hacerle daño a nadie. Siempre he admirado tu manera de sentir la vida, tu forma de educar a tus hijos fomentando la importancia de ser todos una piña y tu voluntad de hierro para mantener a tu familia, sorteando todas las adversidades, tanto económicas como de salud.

Durante algunos años, muchos más de los que me gustaría reconocer, casi nos perdimos la pista, por diferencias absurdas con la tía María. Pero, afortunadamente, tras la muerte del tío Fernando, logramos reconducir la situación y redescubrirnos. Atesoro momentos contigo y con ella que me van a acompañar siempre, porque fueron muy bonitos. Entre ellos, una comida en nuestro apartamento en l'Escala, con los tíos Martín y Dolores, cuando él aún no había caído enfermo, y también una tarde en una cafetería de Roses, con vuestra nieta Judith. Qué persona más maravillosa es Judith. De hecho, todos vuestros nietos son muy especiales. Y qué gran abuelo has sido para todas tus nietas y tu único nieto.

El lunes, en tu funeral, tu nieta Paula y tu nieto Jan leyeron los fragmentos de una carta muy emotiva que te habían escrito entre María, vuestros hijos, vuestros nietos y algunas personas que te conocían y te querían. Fue un momento especialmente bonito, como también lo fue verles después a todos unidos, en torno al féretro que te contenía, cuando quisieron que lo abriesen en el cementerio para darte su último adiós.

Admiro de ti la libertad con la que te atreviste a vivir, con tus collares y tus pulseras, con tu mentalidad abierta y tu gran entereza ante los reveses con los que trataba de tumbarte la vida. Nunca te importó lo que de ti pensara la gente que no te aportaba nada. En cambio, por los que te querían, lo dabas todo, aunque te costase expresar tus sentimientos, como le ocurre prácticamente a la mayoría de las personas de tu generación.

No viviste una guerra, pero te educaron en sus consecuencias. En el miedo a hablar más de la cuenta, en la prudencia, en el silencio, en la vergüenza a la hora de exteriorizar las emociones. No fue tu culpa, como con los años acabé entendiendo que tampoco fue culpa de los abuelos no haber aprendido a aceptarte mejor. Nadie puede dar lo que no le ha sido dado. Pero el dolor que provoca esa incompetencia emocional ya no tiene remedio ni vuelta atrás. De hecho, para nuestra desgracia, creo que la hemos padecido todos.

El lunes, en tu despedida, te acompañó el Mediterráneo de Serrat. Sus notas y sus letras obraron la magia de poder imaginarte frente al mar, sintiéndote ágil, libre y joven. Quiero recordarte así: libre de dolor y disfrutando de la mejor vista posible, soñando con volar y despertando en pleno vuelo sobre un paisaje ampurdanés con campos de girasoles y amapolas encendidas danzando al compás de una brisa movida por los latidos de tu alma eterna.


Nunca dejes de volar ni de ser quien fuiste, pero sin sufrir.


Te quiero y te voy a sentir vivo mientras la memoria no me olvide a mí.




Estrella.

Comentarios

  1. Hola, Estrella, te acompaño en el sentimiento, descanse en paz. Una carta muy emotiva y sentida. Se nota el cariño que sentías por él y también el vacío que ha dejado en vuestros corazones. Sin duda, un hombre que vivió acorde a sus principios y no se dejó doblegar por nada ni por nadie. Gracias por compartir esta carta tan íntima.
    Un fuerte abrazo. :)

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, Merche.
      Todos tenemos una hora para llegar y otra para irnos. Es ley de vida y no hay excepciones posibles. Pero son tan tristes las despedidas... Lo único que nos consuela es la memoria de lo que hemos vivido con los que se han ido. De ahí la importancia de cuidarla y conservarla, para que podamos seguir sintiéndoles con nosotros.
      Un fuerte abrazo.

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  2. Qué corazón y qué humanidad se dejan entrever en tus palabras, Estrella. Seguro que siempre estará presente contigo.
    Un enorme abrazo :-)

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