Hasta el fin de los tiempos
Lloraba en silencio, cuando sabía que nadie podía verla, refugiada en los que consideraba sus únicos dominios: aquella cocina a la que el resto de los habitantes de aquella casa sólo acudían para atracar una nevera que ellos nunca se preocupaban de llenar. Para eso ya estaba ella, igual que para velar por todos, aunque pareciera invisible ante sus ojos.
Delante de ella nadie se atrevía a sacar el tema que la absorbía por completo, por miedo a importunarla y ella les despreciaba a todos precisamente por eso: por haber decidido pasar página y olvidarse de su hermano preso. Aquella mujer no necesitaba preguntarse qué habría hecho Manuel para seguir queriéndole y esperándole.
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No se llamaba Agustina, pero hubiera podido enfrentarse a cien cañones apuntándola por defender a Manuel. Tampoco la habían bautizado como María Magdalena, pero habría consentido seguirle hasta el fin de los tiempos. Humilde como su madre y su abuela, Belén se había forjado en los principios de la dignidad y nunca consintió agachar la cabeza ante aquellos que la miraban con desprecio por lo que, supuestamente, había hecho Manuel. Tampoco se dejó consolar por los que se acercaban a ella con la lástima dibujada en la mirada. Lejos de amilanarse ante los unos y los otros les aguantaba la mirada, como gritándoles aquello de "quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra".
Belén no era precisamente tonta y sabía de las andanzas de aquel muchacho por el que no habría dudado en cambiarse para sentirle de nuevo libre. No le importaban las rejas de la cárcel porque llevaba demasiado tiempo sintiéndose presa en su propio hogar. Los días se habían vuelto insípidos y descoloridos sin Manuel y el silencio que los demás habían impuesto a su alrededor una condena demasiado injusta como para soportarla sin presentar resistencia.
En su fuero interno se resistía y se revolvía con fiereza, pero ya no contra aquellos que le habían encarcelado, sino contra quienes permanecían a su lado callando sus culpas. Los que no dudaron en señalarle a él, sin necesidad de levantar un dedo, cuando fue el único que quedó expuesto porque los otros fueron más rápidos y pudieron esconderse a tiempo, disimulando las intenciones que les habían llevado hasta el funesto lugar de los hechos.
Belén no ignoraba la gravedad de las faltas de Manuel, su tendencia a usurpar bienes ajenos y la poca gracia que le hizo siempre aquello de "ganarse el pan con el sudor de su frente". A ella le hubiese gustado tanto que hubiese escogido otro camino... Pero sabía que el amor verdadero empezaba con el respeto y había aprendido a aceptarle como era, dejando de intentar cambiarle. Aquel respeto era, precisamente lo que no se resignaban a respetarle a ella los demás ocupantes de aquella casa. Por eso lloraba a escondidas, por eso seguía sirviéndoles como si fuese el último mono de aquella familia fraccionada. Manuel era un delincuente y le habían repudiado todos, menos ella, porque ella...seguía siendo su madre.
Estrella Pisa
Hola, Estrella, una madre es una madre, a veces demasiado madre, pero el vínculo que se crea hace que se forjen historias como esta. Muy bonito.
ResponderEliminarUn abrazo. :)
¡El amor de una madre! Y cuánto dolor en esto. Estrella, la imagen te ha quedado preciosa.
ResponderEliminarY me he puesto a pensar en que algunos tras las rejas encuentran su libertad! Un abrazo muy grande.