Dos alas para volar
Nació en una familia en la que parecía que las mujeres eran quienes llevaban la voz cantante, pero eso solo pasaba de puertas para adentro, cuando no había hombres a su alrededor que las intimidaran con sus muestras de machismo enfermizo.
Amanda creció en un ambiente marcado por la tradición y por el silencio. Su madre había nacido después de la guerra civil española y la habían educado en el miedo a casi todo, un miedo que no dudó en inocularle a su hija.
La madre de Amanda no podía soportar que le hiciera preguntas que ella consideraba "comprometidas" porque estaba convencida de que las paredes escuchaban. En cualquier momento podían llamar a la puerta y llevárselas a ambas de la misma forma que su madre le explicaba que se habían llevado a tantos otros a dar unos paseíllos nocturnos de los que nunca regresaban.
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Pero Amanda no renunciaba a su necesidad de indagar y de saber. Sus interrogantes se iban incrementando cada día que pasaba y no aceptaba las evasivas de la madre, ni los intentos de distracción de su abuela, ni las reprimendas del abuelo hacia las tres.
- Ya os dije yo que esta niña no debería haber ido nunca a la escuela. Lo único que tienen que aprender las niñas es a ser buenas mujeres de su casa y a servir a sus maridos y a cuidar de sus hijos.
Mientras fue aún pequeña, Amanda no se lo tenía en cuenta y se limitaba a esperar a que su padre regresara del trabajo para compartir con él el que ella consideraba el mejor momento del día. Para su padre, ella era su tesoro y no escatimaba a la hora de enseñarle todo lo que él sabía. Le hablaba de lo inmenso que era el mundo y de lo que ella podría llegar a ser cuando fuese mayor y se hubiese esfumado la dictadura de Franco. La animaba a seguir sacando buenas notas en el colegio y a leer todos los libros que pudiese para que nadie pudiese manipularla. Al principio, ella no se daba cuenta, pero el padre trataba de advertirla, muy sutilmente, para que no cayese en las trampas que le tendían su abuelo, su abuela y su propia madre.
El padre de Amanda siempre fue un alma libre, a quien nunca le gustaron los extremos. Era un humilde trabajador, pero no comulgaba con aquellos que gritaban lemas como "muerte al patrón", pero tampoco con los que parecían dispuestos a darlo todo por el maldito dictador. Trataba de buscar un equilibrio, una manera de estar en el mundo si molestar a nadie y sin dejar que nadie le intoxicara con proclamas demasiado partidistas.
Amada disfrutaba oyéndole hablar, compartiendo la música que él escuchaba y admirando su fuerza y su libertad. Pero un día, su padre murió y ella quedó a merced de los miedos de su madre y de su abuela y del machismo enfermizo del abuelo. Para entonces, ya se había instaurado la democracia y las mujeres ya podían votar. La mayoría de edad se había fijado en los dieciocho años y ella decidió volar del nido, marchándose de un ambiente familiar tan opresivo y limitante que no le permitía ni atreverse a soñar.
Su madre y su abuela habían sido sus referentes femeninos y siempre las había tenido por mujeres fuertes y valientes. Pero, de repente, se dio cuenta de que no lo eran, porque seguían viviendo en el miedo al qué diría la gente si un día se atrevían a ser quienes eran de verdad.
Mientras había sido pequeña le reían las gracias, pero cuando se hizo mayor trataron de imponerle las mismas cadenas que ellas tanto lamentaban. Hicieron suyo el argumentario del abuelo y trataron de convencerla de que, lo mejor que podía hacer en la vida era buscar un buen hombre, casarse y tener varios hijos, para que nadie tuviese que hablar nada malo de ella.
- ¿En serio, abuela? ¿Ese es tu concepto de lo que es la vida.
- Es lo que hemos hecho todas las mujeres de esta familia.
- Y ahora me harás creer que os ha ido a todas de puta madre...
- ¡Niña, esa boca!
- Lo siento, pero yo no soy como vosotras. Yo no he tenido un padre machista. Él nunca permitió que me contagiaseis vuestro miedo y me enseñó que nací con dos alas para volar.
- ¡Así has salido! No sé qué tenía mi yerno en la cabeza...
- La tenía muy bien amueblada.
- ¿Y de qué le sirvió, si está muerto?
- Le sirvió para sembrar en mí las semillas de la libertad. ¿Acaso te parece poco?
- ¡Estás loca y nos vas a volver locos a todos! Anda, pon la mesa, que tu abuelo quiere comer ya.
- ¡Que la ponga él, que tiene dos manos igual que nosotras y no hace nada en todo el día!
- ¡Un respeto, Amanda!
- ¿Por qué tengo que respetarle a él si él no me respeta a mí? Si él está ocupado leyendo una novela de Corín Tellado, yo estoy leyendo a Oriana Fallaci.
- ¿Y esa quién es?
- Una mujer excepcional. Periodista, reportera y escritora que defiende el derecho de las mujeres a ser ellas mismas, sin depender de los hombres.
- ¡Pamplinas! Ya lo dice tu abuelo, que nunca debimos permitir que estudiaras.
Llegó un punto de no retorno en el que cada día se repetía la misma cantinela. Su madre y sus abuelos intentando que Amanda pasara por el aro de sus conveniencias y Amanda desafiándoles con sus alegatos de mujer libre y empoderada.
Un día se decidió a partir y no miró atrás. Se negaba en rotundo a pasar el resto de su vida sirviendo a un hombre que la ninguneara día sí y día también. Los hombres tenían dos manos igual que ella para limpiar el espacio en el que se disponían a vivir, para lavarse, plancharse y coserse la ropa, para hacer la compra y cocinar lo que iban a comer, para cuidar de los hijos que con tanto gusto habían engendrado y para trabajar fuera de casa, igual que sus mujeres, para procurar entre los dos el sustento de la pareja o de la familia que estaban creando.
Por ser mujer no debía ayudar al hombre que le tocase en suerte a prosperar económicamente ni él ayudarla a ella a "llevar su casa". Ni las finanzas eran territorio exclusivo de él ni el gobierno del hogar territorio exclusivo de ella. Las personas adultas, independientemente de su género, debían ser capaces de cubrir sus propias necesidades en todos los ámbitos de su vida. Porque, para Amanda, nadie había nacido para servir a otros ni para ser servido. La libertad estaba estrechamente ligada a la independencia. Por eso ella perdió el miedo a volar y agitó sus alas con mucha fuerza para viajar bien lejos.
Solo entonces descubrió que, si soñar era la capacidad de atreverse a idear un escenario mejor, vivir era aceptar que ella era lo mejor que le estaba pasando y que nadie podía obligarla a transitar por un camino que no fuera el suyo.
Estrella Pisa.

Bravo ! 👏👏
ResponderEliminarHola, Estrella, así es... Poco a poco vamos consiguiendo derechos, aunque todavía queda. Por suerte, nosotras vivimos aquí, pero por otros lugares las condiciones no son las mismas, ni mucho menos. Importante apoyarnos entre nosotras y vivir unidas cumpliendo nuestros sueños.
ResponderEliminarUn abrazo. :)